Salón de espejos

17 noviembre 2006

Espíritu crítico y calidad

Leí hace dos días en Libertad Digital que el polémico Instituto Juan de Mariana acababa de sacar un nuevo estudio, planteando esta vez una alternativa al Estado del bienestar. Sociedad de propietarios, se llama. Así que, corroído por la curiosidad, ayer lo imprimí y encuaderné debidamente, a fin de poder leerlo mientras esperaba para coger un vuelo.



¿Qué nos depararía un pronunciamiento de uno de los think tanks centrados en lo económico con mayor dinamismo? ¿Por dónde irían los tiros en la élite intelectual de la ciencia fúnebre en este país? La sociedad de propietarios viene a ser, grosso modo, el resultado de que todas las personas (teniendo en mente más bien a la clase media) reciban una educación financiera elemental y con ella se dediquen a invertir, sin apenas asumir riesgo, su excedente desde una edad muy temprana. Con ello no sólo obtienen una jugosa retribución en el momento en que dejen de producir, sino que además retroalimentan la economía, generando así riqueza.

Llama la atención la pasmosa sencillez del planteamiento, pero ¿es tal cosa acaso algo malo? Yo diría que no, siempre y cuando las cosas no se den por supuestas y se justifiquen sistemática y ordenadamente. Lamentablemente es aquí donde estas ochenta páginas se vienen abajo. Es innegable que el estudio tiene sus aciertos (el acervo liberal contemporáneo), con un recorrido por el sistema de pensiones como parte más brillante, pero no se trata ya de que lo propuesto sea incorrecto -que no lo es-, sino de que los planteamientos y concatenaciones lógicas sean del nivel más básico. Supongo que lo importante es precisamente que un planteamiento de este tipo salga en los medios de comunicación, para poco a poco ir consiguiendo que la gente se conciencie y pierda el miedo a las finanzas, actuando con cabeza allá donde invierta, pero la experiencia es algo descorazonadora. Agradeceré vuestras impresiones si lo leéis.

21 octubre 2006

El Estado del bienestar (I): las pensiones

A raíz de la reciente aprobación de la Ley de Dependencia, reestructurando de lleno el contenido y enfoque del Estado del bienestar, considero interesante analizar detalladamente el presente y futuro del mismo, y su justificación en una economía global competitiva.

Aunque hoy pueda chocar a más de uno, el Estado del bienestar tiene su origen no en Europa, sino en Estados Unidos, cuando Roosvelt aplicó una serie de medidas de intervencionismo económico y laboral para poder superar la crisis arrastrada desde 1929. Se trataba de una medida para tiempos de funcionamiento anormal de la economía, y fue imitada por la mayoría de los países europeos para llevar a cabo su reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial.

Superados los años de posguerra, se inició en Europa el debate sobre la continuidad del intervencionismo. La pujanza y mala comprensión de las teorías keynesianas convencieron más que los intentos liberales (vg. la Mont Pelerin Society). Basta compararnos hoy con la economía estadounidense o japonesa para darse cuenta del profundo error histórico que supuso.

En España, uno de los cuatro pilares del Estado del bienestar -el de mayor crecimiento proyectado y menor aportación impositiva para sufragarlo- son las pensiones. En un Estado del bienestar, el Estado (en nuestro caso por medio de la Seguridad Social) retiene en forma de impuestos una cantidad porcentual del salario al trabajador para gestionarla y devolvérsela tras su jubilación.

A nivel agregado se trabaja de manera simplificada con la fórmula [Pensión media / (PIB / trabajador)] * (nº de jubilados / nº de trabajadores). En España la pensión media aumenta por ley, el número de jubilados también crece (mayor esperanza de vida, jubilaciones anticipadas, breve absorción del baby boom de los años sesenta) mientras que el número de trabajadores tiene cada vez menos peso en el binomio. Se calcula que serán necesarias dos personas laboralmente activas por cada jubilado para sostener el sistema actual, habiendo a día de hoy 1’1. Aportando otras cifras, la tasa de dependencia (nº de jubilados / nº de trabajadores) sigue la siguiente proyección:


AñoEuropaEspañaEEUU
200026%-22%
205052%60%37%


¿Qué nos propone nuestra clase política para afrontar este panorama? Mayores impuestos, mayor entrada de inmigrantes para aumentar la natalidad y la población activa y triquiñuelas (estirar el plazo de cómputo a los primeros años de vida laboral) en el cálculo de la pensión, que por norma se traducen en que cada vez devuelven menos y aportamos más. Nadie tiene suficiente talla política para decir que la situación es insostenible y hacer un pacto de Estado para congelar las pensiones, apostar por incentivar la inversión en planes privados y, en último caso, eliminar las públicas copiando el modelo británico.

Personalmente creo que el sistema está quebrado (en 2020 supondrá el 17% del PIB español), y continuar ampliando el agujero puede tener un impacto a nivel mundial de dimensiones drásticas -la bancarrota del Estado, al fin y al cabo- que acabará por hundir el poco papel europeo en la economía global. Los defensores del actual sistema se escudan en el superávit de la Seguridad Social, que se destina a aportar a un fondo de reserva para garantizar el pago de las pensiones que en España asciende ya a 35.000.000.000 €, una auténtica barbaridad pero cuya devolución aplicada da para la irrisoria cifra de siete pagas al total de los pensionistas (esto es, medio año, ya que se entregan catorce pagas anuales por pensionista).

Eso a nivel macroeconómico. A nivel individual las ineficiencias -e injusticias- vienen por otro camino. Imaginemos que en nuestro primer empleo empezamos aportando 500 € pensionables al mes al Estado y en el último, pues hemos trabajado duro para ello, 5000 €. Nuestra vida laboral fue de 40 años, el incremento porcentual del salario constante y la aportación sobre nuestro salario al Estado siempre la misma. Como el salario es cada vez mayor, una revisión porcentual del mismo lo aumenta más que cuando es menor, es decir, la progesión de nuestro nivel de vida es geométrica. Sin embargo, el Estado calcula nuestra pensión sumando la aportación hecha y dividiendo entre los años que hemos trabajado (esto no lo critico per se, pues es lógico), siendo el descenso de nuestro nivel de vida especialmente acusado. En una aportación a un plan privado, puedes configurar tu aportación a tu gusto para reducir este efecto, posibilidad que no nos da el Estado.Además, semejante aportación bien invertida multiplicaría su valor varias veces por encima de la mera actualización del IPC.

Por otra parte, los trabajadores autónomos y empresarios de clase media-alta y alta (que verdaderamente sostienen al país aportando obligatoriamente el mayor tramo impositivo del IRPF), al no producir para el Estado reciben una pensión ridícula, debiendo adicionalmente soportar esa carga y hacer su propio plan privado. Sería más lógico que el plan de pensiones estatal fuera dispositivo, o en todo caso subsidiario, y no una imposición legal.

Mucho me temo que la generación que ahora se incorpora al mercado laboral y a la cual pertenezco se va a llevar la peor parte: los últimos coletazos de un sistema en extinción con medidas cada vez más extremas y soportar la crisis que sobrevendrá a su desarticulación forzosa cuando las raíces sean demasiado profundas. Ya tenemos suficiente con la hipoteca, ¡hagamos algo!

20 octubre 2006

Salutación de Sir Roland

Después de varios intentos en la red he decidido continuar mis publicaciones únicamente en este blog. Pido disculpas a las personas que habían hecho comentarios, pero he decidido borrar las entradas anteriores por no ajustarse al nuevo enfoque que pretendo darle a este espacio. Tras barajar diversas posibilidades, creo que lo que mejor refleja lo que busco son hilos largos y abiertos sobre temas más o menos complejos que puedan dar lugar a discusiones interesantes y -discúlpenme por ello- con una frecuencia de actualización relativamente baja (mi intención es subir un hilo cada diez o quince días)

Empezaré mañana con el sistema de pensiones, pretendiendo extenderme con el tiempo a cuestiones relacionadas con el intervencionismo económico y la configuración territorial de España. Están todos, así pues, invitados a pasar y, por supuesto, -ya sea en forma de comentario, de crítica o de sugerencia- a participar.